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3 mar. 2010

SATIRÍZAME- Yo sólo quise hacer una historia de sexo-ficción

Había sido otro de esos días malos, en su cabeza. Caminó por el sendero que la llevaba al bosque, mientras miraba al suelo pedregoso. Le latían las sienes, pero el frío intenso la calmaba, en cierto modo. Avanzó deprisa, metiendo las manos en el fondo de los bolsillos de la cazadora, demasiado fina para aquél atardecer de finales de diciembre. Sin darse cuenta había avanzado mucho, y la luz disminuía. Miró a su alrededor. Un resplandor raro, verdoso, le llamó la atención. Se acercó.
Fue entonces cuando vio al ser más extraño que había contemplado en toda su vida, un hombre calvo, desnudo, con una musculatura poderosa, con pezuñas y patas de macho cabrío. Tocaba una flauta larga, que no emitía sonido alguno. Quedó paralizada. Pensó en huir, antes de que él la viera. Pero no podía moverse. El estaba de perfil, quedó fascinada por la luz que salía de la flauta, y se expandía en torno a la criatura. El haz de luz fue avanzando hacia dónde ella estaba. Contempló como la envolvía, cómo la hacía visible entre la espesura. No se podía mover.
El se fue girando, despacio, hacia ella. La vio y sonrió, con su boca, y con unos ojos inocentes, que nunca hubiera esperado hallar en tan extraño animal. Sin dejar de tocar, él se aproximó, despacio.
Para entonces la extraña luz la había envuelto por completo, y la calentaba. El dejó de tocar la flauta, y la luz se extinguió. Deseó que volviera, se sintió de nuevo helada, y le suplicó con la mirada. Él le indicó con un gesto perentorio que se quitara la ropa. Ella no dudó, se sentía extrañamente tranquila, y él reanudó su melodía silenciosa, el haz de luz reapareció, en forma de hilos, culebrillas que comenzaron a caracolear por el cuerpo de ella, desde el cuello, uno, los tobillos otros dos, las muñecas, trazando dibujos caprichosos, rayas, círculos, ondas, que ella observaba maravillada. Durante unos segundos, permanecían las figuras trazadas, antes de desvanecerse. Después, quedaban las marcas, como arañazos grandes. Un rayo verde se había colado entre sus piernas, y lo sentía jugando dentro de ella, penetrando más adentro, y más arriba. Cerró los ojos, y deseó abandonarse. Sintió entonces cómo la criatura se le acercaba y la rodeaba hasta colocarse detrás, y la respiración anhelante de él la excitó aún más.
El apoyó su mano, casi una garra, sobre la espalda, y la obligó a descender la cabeza hasta el suelo, dónde apoyó las manos. Sintió que él se le pegaba, sintió los pelos de animal salvaje, las patas contra sus piernas, sus muslos, y antes de poder pensarlo, sintió cómo el miembro de él la penetraba, fuerte, con una embestida salvaje que casi la tira. Era enorme, caliente, bestial.
El la agarraba por la cintura, y la movía de adelante atrás, como a una muñeca, su fuerza era descomunal, pensó que se le iban a salir los ojos de las órbitas. Unos extraños gruñidos salían de su boca. Abrió los ojos, y miró las pezuñas de aquél ser, su pelo, negro y espeso, y pasó su mano por él, subiéndola y bajándola, mientras gemía y gritaba. Nunca, en toda su vida, se había sentido igual. Estalló varias veces, una detrás de otra. Cuanto más fuerte la embestía él, más se diluía ella.
El la liberó. Ella cayó de rodillas al suelo, la cogió del pelo, levantándole la cara, y se colocó a horcajadas encima. Tenía su culo, peludo, negro, frente a su nariz. No, pensó, esto no. La obligó. Pensó que se iba a desmayar, pero más allá de su pelo, más adentro, nacía una carne rosada y suave, que descubrió con su lengua. Continuó hasta que la criatura se derramó sobre ella.
Recobró entonces plena conciencia de todo. Dónde estaba, con quién estaba, por un momento cerró los ojos, y deseó que él no estuviera allí al reabrirlos. Los apretó con todas sus fuerzas. Al mirar de nuevo, la criatura se había esfumado. Recogió su ropa, y se la puso. Pero no dejó de tiritar hasta que llegó a casa, trastabillando. Sus dientes castañeteaban todo el tiempo.
A la mañana siguiente, se despertó y observó su cuerpo desnudo en el espejo. Siguió con un dedo soñador esas marcas de líneas, círculos y zetas, que se extendían por sus piernas, vientre, espalda, pecho. Observó su propia cara, su mirada, su nueva sonrisa. Por un momento había temido que todo hubiera sido un sueño.

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