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25 ago. 2011

VAMOS A JUGAR A UN JUEGO (CAPÍTULO III)

Pues yo invito a continuar esta historia... a ...
- Amanda Manara



Cuando Eva lo vió así, vestido de policía, pensó por un momento en irse, directamente:
- "De todas las fantasías del mundo, me tenía que tocar ésta, precisamente".
Pero se quedó, algo en el brillo burlón de los ojos de su compañero de juegos de aquella noche, la atrajo.
- "Hoy vas a confesarme hasta la primera nana que escuchaste, ya verás dónde van esos aires de princesita orgullosa, ya".
La hizo incorporarse y ponerse de pie, tirándole del pelo. Cogió con fuerza sus dos manos, y esposó sus muñecas, por delante.
Tiró de ellas y la puso de espaldas contra la pared. La miró fijo a los ojos, y la escupió en la boca. Ella se relamió, sin disimulo.
- "No te va a gustar todo tanto, no, zorrita. Aquí se empieza por un buen registro a las detenidas". Y empezó a hurgarle en la boca, con un dedo que la molestaba y la excitaba, no podía evitar adelantar otros placeres en su mente, que comenzaba a aflojarse.
- "Dáte la vuelta", le dijo, mientras la hacía girarse, agarrándola de las esposas y obligándola a agarrarse con las manos a un colgador, poniéndolas por encima de su cabeza, "abre las piernas", le dijo con voz dura mientras palmeaba sus muslos por dentro.
- ¿Qué pasa, que como no pensabas que te iban a detener, no te has traído unas bragas decentes? Estas las tienes pringosas", le dijo, mientras se las quitaba, arañándole los muslos a la vez. Ella se estremeció de gusto.
Y entonces sintió cómo él le metía uno, dos, tres dedos por delante. Los metía y los sacaba, con ritmo y sin contemplaciones, y de vez en cuando se los hacía lamer a ella.
- No parece que haya nada, habrá que buscar más adentro. Y hurgó más, y llegó a un punto casi doloroso, en el fondo de ella, y sintió que iba a estallar. Temblaba de placer.
- "Lo último que vas a hacer hoy es correrte, zorrita" le dijo, retirando sus dedos, y sonriéndole. "Si se te ocurre tener un orgasmo, voy a darte una paliza de antología con ésto." Había cogido su fusta, y la estaba dando suavemente con ella, en el culo. "Así", dijo y le dió dos fustazos que le quitaron el aliento.
- "¿Te gusta estar calladita, verdad? Pues eso se acabó."
La cogió por las manos, la llevó a una silla y la sentó. Le quitó las esposas. La terminó de desnudar y la ató con las manos a la espalda, y las piernas abiertas, a las patas de la silla.
Se sentó en la cama y la contempló.
Se sintió expuesta.
Empezaremos con una facilita, dijo:
- De todas estas delicias, ¿cuál te apetece probar?y señaló todo lo que había en la cama.
Ella miró lo que había allí expuesto, y contestó, con una sonrisa maliciosa:
- ¿La mordaza?, y tras unos segundos, indicó la regla con la cabeza. "Ésa".
Él se extrañó:
- ¿Por qué?
- Porque deseo complacerte.
De vuelta al mismo sitio, pensó.
- "Respuesta equivocada", dijo, y le soltó un tortazo en la cara. Ella le miró un segundo a los ojos, con lo que él creyó que era un brillo desafiante en la mirada, y agachó la cara justo después, Pablo no pudo ver cuál era su reacción.
- "¿Te gusta que te peguen en la cara, zorrita? Mírate, si estás empapada.", le dijo, mientras le metía otra vez un dedo en la vagina. Ella le miró, con una expresión inescrutable, callada.
Volvió a la cama, y cogió un consolador de tamaño mediano. Lo encendió.
- ¿Lo quieres? Ella asintió con la cabeza.
¿O prefieres mi polla?, se bajó la bragueta, y puso su miembro justo enfrente de su cara.
Empezó a restregárselo por las mejillas y los labios, cerrados. Piensa bien la respuesta, zorrita.
Ella lo miró entonces a los ojos, y suspiró.

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